En un país en el que la población muere de hambre y sufre constantes violaciones de los derechos humanos, un organismo oficial dotado con los mejores científicos se dedica día y noche a ensayos e investigaciones para «la salud y longevidad» de la dinastía al mando. Se trata de Corea del Norte y quien lo desvela es el biólogo Hyeongsoo Kim, durante años uno de los investigadores al frente de esta institución ultrasecreta, el Instituto Manchongsan. Allí estuvo hasta que en 2009 logró hacer realidad el sueño largo tiempo anhelado de escapar de la «gigantesca prisión» en la que, denuncia, la dinastía comunista fundada por Kim Il-sung convirtió el norte de la dividida península de Corea.

Hasta entonces, según cuenta Kim, su equipo trabajaba «sin descansar los fines de semana» en toda clase de estudios y experimentos para mejorar la salud de Kim Il-sung primero y su hijo Kim Jong-il después, lo que abarcaba desde un análisis químico exhaustivo de todos los alimentos que se les servían hasta la búsqueda de sustancias que mejoraran su rendimiento sexual. El instituto se ubicaba en Pyongyang, junto al palacio en el que vivían los Kim. Allí, adscrito al Departamento de Medicina y Alimentación, Hyeongsoo confeccionaba el menú de los dictadores y examinaba sus ingredientes. Todo, bajo un control implacable del Gobierno. «La vigilancia era total», recuerda ya a salvo en la próspera y segura Seúl. «Mucha gente en Corea del Norte muere de hambre, por lo que querían mantener el secreto de nuestra labor y las comidas lujosas de las que nos ocupábamos». Con tal fin, «todas las líneas telefónicas internas estaban intervenidas y teníamos prohíbido hablar de nuestro trabajo incluso con nuestras familias». No había piedad para los que se saltaban la norma. «Uno de mis compañeros fue ejecutado y su familia desterrada», rememora.

Los delirios de los predecesores de Kim Jong-un llevaron a situaciones tan trágicas como rocambolescas. «Hay una rana que habita al norte de la península de cuyas hembras extraíamos un aceite del que Kim Jong-il y su padre creían que mejora el vigor sexual de quien lo consume. Como las autoridades premiaban con un kilo de arroz a los lugareños que entregaban alguno de estos batracios, llegamos a vernos con 20.000 en el laboratorio».

«No podíamos hablarle de nuestro trabajo ni a la familia. Un compañero que lo hizo fue ejecutado»

Sin gordos en Pyongyang

En el Instituto Manchongsan no solo los animales eran objeto de ensayo a mayor gloria del «presidente eterno», Kim Il-sung, y el «querido líder», Kim Jong-il. Las personas también, aunque a veces era difícil encontrar sujetos apropiados. «Los Kim sufrían sobrepeso y debíamos probar los tratamientos adecuados para ellos, pero en Corea del Norte lo que hay es gente desnutrida, no obesa», explica el científico. Así que tuvieron que apañarse con los que mejor comían en el país, los estudiantes de la Escuela Kim Jong-il de la capital, donde se forman los estudiantes llamados a ser los altos oficiales del régimen. «No podían negarse a someterse a las pruebas, porque hacerlo hubiera supuesto ir en contra de la voluntad de los líderes y se les habría apartado de sus estudios».

Los investigadores buscaban también incrementar el rendimiento sexual de los dictadores

El régimen norcoreano alimenta el culto a la dinastía Kim, como muestra esta estatua de Kim Il-sung en Pyongyang
El régimen norcoreano alimenta el culto a la dinastía Kim, como muestra esta estatua de Kim Il-sung en Pyongyang- AFP

No hay constancia de que los ensayos tuvieran consecuencias graves para estas cobayas forzosas porque «los tratamientos estaban basados en hierbas con supuestas propiedades medicinales» y no en agentes químicos. Pero el hecho de que fueran conscientes de que se experimentaba con ellos y accedieran ejemplifica que en el paraíso estalinista erigido por la dinastía Kim también la élite está secuestrada. Hyeonseo Kim, que en su día fue uno de sus miembros, lo tiene claro. «Quienes estaban cerca de Kim Il-sung y Kim Jong-il eran en realidad sus rehenes». No hay motivo para pensar que haya cambiado nada en la era de Kim Jong-un, capaz de hacer ejecutar a su tío y tutor, Jang Song-Thaek.

Verificar el sorprendente relato de este exiliado resulta imposible, pero su testimonio va en la línea de lo que denuncian hace años los 29.000 norcoreanos que se estima que lograron huir y viven hoy en Corea del Sur. Desde Occidente, del régimen de Pyongyang se perciben las peligrosas bravatas nucleares de su actual líder, Kim Jong-un, y llama la atención la estética grotesca de un régimen único en el mundo que, no sin razón, ha sido definido como «el estado renegado» y es a menudo ridiculizado en unos medios que no pueden informar de él por su absoluta opacidad.

Dado que Pyongyang impide el trabajo de los periodistas, como el del corresponsal de la BBC expulsado del país cuando cubría el reciente Congreso del Partido de los Trabajadores, «los desertores» se convierten en la única fuente para conocer las penurias de quienes viven al norte del paralelo 38. Hyeongsoo Kim está ahora empeñado en concienciar al mundo. Nada mejor para hacerlo que la historia de su propia familia. Su madre, que intentó fugarse después que él, fue capturada y torturada. Murió al cabo de seis meses.